A mi madre. A todas las madres capaces de querer a todos sus hijos a la vez y no estar locas
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domingo, 20 de marzo de 2016
martes, 1 de marzo de 2016
TATUAJE - FRAGMENTO
Volví al patio y me senté ante el lavadero cerca de las cajas de cartón. Por allí tenía algunos de mis juguetes, regalo de alguna vecina cuando se cansaba de ellos. Había una muñeca desnuda a la que le faltaba una pierna. También otra muñeca negrita con la cara quemada. Evoqué el día que mi padre la trajo cuando volvió de trabajar en un desierto muy lejano. La muñeca tenía la cara desfigurada porque se cayó dentro del brasero. Las cogí a las dos, rotas y especiales. Y tuve el instinto de acunarlas porque ellas estaban mucho peor que yo y sólo me tenían a mí. Y yo solo las tenía a ellas. Mientras las mecía me dio por cantar:
- “Él vino en un barco, de nombre extranjero, lo encontré en el puerto un atardecer..”
Canté y volví a cantar. De alguna manera me servía de consuelo. Y empecé a tener menos miedo. Las canciones alejan muchas cosas, casi todas.
Escuché un gemido flojito a mi espalda.
— Miau.
Y después otro.
— Miau.
Y hasta tres.
— Miau.
Tres gatitos pequeños se acercaron a mí y se acurrucaron entre mis piernas mirándome con cara desconsolada. Supe de seguida que tenían hambre. Y pensé en el desayuno tan estupendo que me aguardaba abajo, así que los agarré como pude y bajé con ellos las escaleras, con sus colas y patitas traseras arrastrando por el suelo.
Vacié la leche en el plato, encima de las galletas y se lo di. Comieron con avidez. No dejaron nada y cuando llenaron los pequeños estómagos sus ojos amarillos me dieron las gracias. Llegué a pensar que ellos también habían perdido a su madre.
Estábamos los cuatro, y mis dos muñecas rotas.
Aquella noche dormimos los seis en la misma cama limpia. Arropé a todos que apoyaban la cabeza sobre la almohada y les conté un cuento.
Escuché un gemido flojito a mi espalda.
— Miau.
Y después otro.
— Miau.
Y hasta tres.
— Miau.
Tres gatitos pequeños se acercaron a mí y se acurrucaron entre mis piernas mirándome con cara desconsolada. Supe de seguida que tenían hambre. Y pensé en el desayuno tan estupendo que me aguardaba abajo, así que los agarré como pude y bajé con ellos las escaleras, con sus colas y patitas traseras arrastrando por el suelo.
Vacié la leche en el plato, encima de las galletas y se lo di. Comieron con avidez. No dejaron nada y cuando llenaron los pequeños estómagos sus ojos amarillos me dieron las gracias. Llegué a pensar que ellos también habían perdido a su madre.
Estábamos los cuatro, y mis dos muñecas rotas.
Aquella noche dormimos los seis en la misma cama limpia. Arropé a todos que apoyaban la cabeza sobre la almohada y les conté un cuento.
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