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martes, 8 de marzo de 2016

TATUAJE - FRAGMENTO






Uno de esos veranos ocurrió. No tardó tanto como me imaginaba, sabía que tenía que llegar. Siempre llegaba. Era sólo cuestión de suerte saber a quién le tocaría. Pero como los mayores no se daban cuenta de esas cosas ninguno de ellos  imaginaba lo que podía pasar. 

Una noche de verano, las ventanas abiertas, todos los vecinos sentados en sus sillas hablando de unos y de otros, conversaciones, risas y alguna que otra canción. Mientras intentaba dormir  le daba vueltas a todo. Deseaba crecer para poder estar con ellos, me gustaba  escuchar hablar a los mayores y enterarme de todo lo que pasaba en el barrio.

La cama en que dormíamos era muy grande y había otra más al lado. Todos dormíamos en la misma habitación pero los pequeños íbamos antes que los mayores y nos quedábamos solos allí hasta que nos vencía el sueño. No había puertas, ni cuadros, ni ningún ornamento. Sólo paredes blancas y una bombilla colgada de un cable.
 
Yo continuaba pensando con los ojos bien abiertos. La luz de la luna entraba por la ventana y hacía más llevadero el desvelo. Desvelo en el que recitaba todo lo que había aprendido. No se podía desaprovechar el tiempo. Eso nos lo había enseñado nuestro padre con su ausencia. Recitaba Historias de la Biblia, libros de Cuentos, textos de libros de la escuela que aprendía de memoria, como el de las tres cautivas que cautivó un pícaro moro o el de un señor de bien que llegó a las puertas de un palacio donde vivían tres hermanas y se prendó de la más pequeña por que fue la única que no se dejó ver. Nos enseñaban desde chiquititas a ser invisibles porque los hombres siempre reconocerían a una mujer pudorosa ante una rebelde y que una mujer nunca podía oponerse a su destino. Los dichos de la época eran bien elocuentes, “la mujer y las sardinas, en la cocina”, “la mujer en la cocina y con una pata quebra” Incluso había poemas en los que siempre se elogiaba a la mujer recatada, sin sexualidad y encerrada en casa esperando algo que siempre estaba por encima de las expectativas, un príncipe azul que muchas veces resultaba ser rosa o negro. Tan negro como el hollín. Los Cuentos de Hadas tampoco ayudaban, ni la Cenicienta, ni Blancanieves, ni la Bella Durmiente… pero, ¿qué podíamos hacer si no sabíamos nada más que lo que nos habían enseñado? Cada noche el mismo pensamiento sin darme cuenta que lo que ocurría era diferente a lo que yo ansiaba o lo que me pudiese plantear. Toda la vida podía cambiar en un momento y en un descuido. 

Aún no había cerrado los ojos cuando escuché un trueno. Se acercaba una tormenta de verano. Pero era extraño, allí eran más habituales las del otoño que no existía.
 
    El aire se llenó de un extraño olor a humedad, como olor de sótano. Puse toda mi atención. Los cantos, las risas, las voces, cesaron. Sí, se acercaba una tormenta y me daban mucho miedo porque había visto a mi madre llorar y rezar tantas veces.
 
    Ricard me dijo una vez, que todos nacemos con dos miedos. Uno de ellos es a los ruidos fuertes y en esta ocasión tenía razón. Me daba pánico el sonido del trueno aunque lo más dañino siempre era el relámpago. Pero aquella noche no vi ningún relámpago ni nada que iluminara la habitación.
 
    Pensé que todo se había detenido. Las mujeres debían estar recogiendo sus sillas y sus charlas y deberían estar rezando para que la tormenta no fuese una tragedia. Giré los ojos hacia mi hermano que dormía sin enterarse de nada como siempre. Su mundo era otro, ausente de todo y de todos. Cómo me gustaría dormir así ahora, sabiendo que pase lo que pase yo no puedo controlar y mi culpa se remite a mis sueños.
 
    Esperaba el relámpago. Pero en vez de eso una gran sombra tapó la poca luz que había. Era una sombra gigante que proyectaba su risa contra la pared.
 
    No se escuchaba nada, ni dentro ni fuera de la casa. Todo se había detenido por alguna especie de arte diabólico. Abrí la boca para llamar a mi madre pero me di cuenta de que aquel silencio hermético evitaba la propagación de cualquier sonido. Nadie me escucharía porque no había nadie.
 
    La sombra continuó acercándose llenándolo todo de oscuridad y silencio. Ya no veía la ventana, ni la cama, ni a mi hermano.
 
    Me había quedado sorda, ciega y muda. Cómo no sabía qué ocurría tampoco tenía miedo, solo sé que el mundo se detuvo en esa calurosa noche de verano.
 
    Algo toco mi cabello, era una mano, mientras otra destapaba la sábana que me cubría el cuerpo medio desnudo. Entonces comprendí que el miedo llega tarde o temprano cuando en plena noche estalla una tormenta y te quedas a merced de la nada. Empecé a sentirlo cuando no había nadie a quien llamar porque ni siquiera yo era capaz de escucharme.
 
    Las manos eran frías y metálicas. Empecé a temblar. Y cerré los ojos.
 
    Pedía todos los deseos a mi hada madrina. Que no me hicieran daño, que viniesen mis padres, que volviera la luz, que no tronara, que volvieran las charlas, los cantos, desaparecer… Cuando noté los dedos largos y helados de la sombra, el olor a humedad y a metálico supe que ya no podía hacer nada. Supe que iba a desaparecer. Que en cuanto volviese la luz nadie se daría cuenta de que yo no estaba. Cerré los ojos y con todas mis fuerzas pedí un deseo a mi hada madrina.
    
El cazador había llegado.

martes, 1 de marzo de 2016

TATUAJE - FRAGMENTO

Volví al patio y me senté ante el lavadero cerca de las cajas de cartón. Por allí tenía algunos de mis juguetes, regalo de alguna vecina cuando se cansaba de ellos. Había una muñeca desnuda a la que le faltaba una pierna. También otra muñeca negrita con la cara quemada. Evoqué el día que mi padre la trajo cuando volvió de  trabajar en un desierto muy lejano. La muñeca tenía la cara desfigurada porque se cayó dentro del brasero. Las cogí a las dos, rotas y especiales. Y tuve el instinto de acunarlas porque ellas estaban mucho peor que yo y sólo me tenían a mí. Y yo solo las tenía a ellas. Mientras las mecía me dio por cantar:
  •     “Él vino en un barco, de nombre extranjero, lo encontré en el puerto un atardecer..
    Canté y volví a cantar. De alguna manera me servía de consuelo. Y empecé a tener menos miedo. Las canciones alejan muchas cosas, casi todas.
    Escuché un gemido flojito a mi espalda.
    — Miau.
    Y después otro.
    — Miau.
    Y hasta tres.
    — Miau.
    Tres gatitos pequeños se acercaron a mí y se acurrucaron entre mis piernas mirándome con cara desconsolada. Supe de seguida que tenían hambre. Y pensé en el desayuno tan estupendo que me aguardaba abajo, así que los agarré como pude y bajé con ellos las escaleras, con sus colas y patitas traseras arrastrando por el suelo.
    Vacié la leche en el plato, encima de las galletas y se lo di.  Comieron con avidez. No dejaron nada y cuando llenaron los pequeños estómagos sus ojos amarillos me dieron las gracias. Llegué a pensar que ellos también habían perdido a su madre.
    Estábamos los cuatro, y mis dos muñecas rotas.
    Aquella noche dormimos los seis en la misma cama limpia. Arropé a todos que apoyaban la cabeza sobre la almohada y les conté un cuento.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Fragmento de la novela TATUAJE de Charo Bolívar



Fragmento de la novela TATUAJE de Charo Bolívar

"Allí pasaba las mañanas y las tardes mientras mi madre lavaba la ropa de todos en el lavadero. Mi madre hacía jabón para no acabar nunca de lavar. Me explicó una vez que cuando era pequeña, su abuela, es decir mi bisabuela, le hacía lavar la ropa de sus hermanos mayores y después la planchaba hasta que no quedaba ni una arruga para que ellos salieran siempre limpios y correctos de casa. Más limpios que nadie. Y es que cómo decía con vanidad, “lavaba hasta el agua”.
    Mi madre juzgaba a cualquier persona por la más pequeña mancha o descosido en la ropa. Sobre todo a las mujeres. Para ella, cuyo mundo se dividía en buenos y malos y los segundos eran mayoría, resultaba muy fácil catalogar a cualquiera sin preguntarse por qué eso ocurría. Y tengo la sensación de que tampoco le interesaba hacerlo. No le habían enseñado a cuestionar. Nunca fue a la escuela, no sabía leer ni escribir y sin embargo era más lista que mucha gente que conocía. Y eso tampoco lo sabía.
    Los que como mi madre vivieron una guerra en su misma casa, contra sus vecinos, en su barrio y su ciudad no existían guerras interiores. Me refiero a aquellas guerras en que las únicas bombas estallan en tu cabeza y tienes que ser tú sola quién se lama las heridas. Para los que de verdad habían visto morir a hermanos, padres o hijos en una sinrazón todo lo que se relacionaba con problemas mentales eran tonterías de gente que no tenía nada que hacer. Había que aguantarlo todo y no quejarse nunca. Y eso lo llevaban grabado a fuego y bombas en el cerebro. El mundo de las mujeres siempre estaba detrás de un hombre. Nunca podían pasar adelante sin recibir un golpe o una traición. Cuando a alguna mujer le dolía la cabeza era cuento, cuando una mujer estaba en la cama muriéndose de dolor era cuento, cuando una mujer lloraba ocultando los moratones de su cara era prudente y cuando una mujer se revelaba contra su condición era peligrosa. Y las mujeres no tenían muchas opciones. Esto es lo que ella quería transmitir a sus hijas. 

(c) Charo Bolívar 2015

ME HE TRASLADADO

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