A mi madre. A todas las madres capaces de querer a todos sus hijos a la vez y no estar locas
domingo, 20 de marzo de 2016
jueves, 10 de marzo de 2016
NOTÍCIA A VOTV SOBRE LA PRESENTACIÓN DE TATUAJE
Charo Bolívar presenta un llibre que condemna la violència de gènere:
Notícia emesa a l'informatiu del dia 26 de novembre de 2015.
Notícia emesa a l'informatiu del dia 26 de novembre de 2015.
martes, 8 de marzo de 2016
TATUAJE - FRAGMENTO
Uno de esos veranos ocurrió. No tardó tanto como me imaginaba, sabía que tenía que llegar. Siempre llegaba. Era sólo cuestión de suerte saber a quién le tocaría. Pero como los mayores no se daban cuenta de esas cosas ninguno de ellos imaginaba lo que podía pasar.
Una noche de verano, las ventanas abiertas, todos los vecinos sentados en sus sillas hablando de unos y de otros, conversaciones, risas y alguna que otra canción. Mientras intentaba dormir le daba vueltas a todo. Deseaba crecer para poder estar con ellos, me gustaba escuchar hablar a los mayores y enterarme de todo lo que pasaba en el barrio.
La cama en que dormíamos era muy grande y había otra más al lado. Todos dormíamos en la misma habitación pero los pequeños íbamos antes que los mayores y nos quedábamos solos allí hasta que nos vencía el sueño. No había puertas, ni cuadros, ni ningún ornamento. Sólo paredes blancas y una bombilla colgada de un cable.
Yo continuaba pensando con los ojos bien abiertos. La luz de la luna entraba por la ventana y hacía más llevadero el desvelo. Desvelo en el que recitaba todo lo que había aprendido. No se podía desaprovechar el tiempo. Eso nos lo había enseñado nuestro padre con su ausencia. Recitaba Historias de la Biblia, libros de Cuentos, textos de libros de la escuela que aprendía de memoria, como el de las tres cautivas que cautivó un pícaro moro o el de un señor de bien que llegó a las puertas de un palacio donde vivían tres hermanas y se prendó de la más pequeña por que fue la única que no se dejó ver. Nos enseñaban desde chiquititas a ser invisibles porque los hombres siempre reconocerían a una mujer pudorosa ante una rebelde y que una mujer nunca podía oponerse a su destino. Los dichos de la época eran bien elocuentes, “la mujer y las sardinas, en la cocina”, “la mujer en la cocina y con una pata quebra” Incluso había poemas en los que siempre se elogiaba a la mujer recatada, sin sexualidad y encerrada en casa esperando algo que siempre estaba por encima de las expectativas, un príncipe azul que muchas veces resultaba ser rosa o negro. Tan negro como el hollín. Los Cuentos de Hadas tampoco ayudaban, ni la Cenicienta, ni Blancanieves, ni la Bella Durmiente… pero, ¿qué podíamos hacer si no sabíamos nada más que lo que nos habían enseñado? Cada noche el mismo pensamiento sin darme cuenta que lo que ocurría era diferente a lo que yo ansiaba o lo que me pudiese plantear. Toda la vida podía cambiar en un momento y en un descuido.
Aún no había cerrado los ojos cuando escuché un trueno. Se acercaba una tormenta de verano. Pero era extraño, allí eran más habituales las del otoño que no existía.
El aire se llenó de un extraño olor a humedad, como olor de sótano. Puse toda mi atención. Los cantos, las risas, las voces, cesaron. Sí, se acercaba una tormenta y me daban mucho miedo porque había visto a mi madre llorar y rezar tantas veces.
Ricard me dijo una vez, que todos nacemos con dos miedos. Uno de ellos es a los ruidos fuertes y en esta ocasión tenía razón. Me daba pánico el sonido del trueno aunque lo más dañino siempre era el relámpago. Pero aquella noche no vi ningún relámpago ni nada que iluminara la habitación.
Pensé que todo se había detenido. Las mujeres debían estar recogiendo sus sillas y sus charlas y deberían estar rezando para que la tormenta no fuese una tragedia. Giré los ojos hacia mi hermano que dormía sin enterarse de nada como siempre. Su mundo era otro, ausente de todo y de todos. Cómo me gustaría dormir así ahora, sabiendo que pase lo que pase yo no puedo controlar y mi culpa se remite a mis sueños.
Esperaba el relámpago. Pero en vez de eso una gran sombra tapó la poca luz que había. Era una sombra gigante que proyectaba su risa contra la pared.
No se escuchaba nada, ni dentro ni fuera de la casa. Todo se había detenido por alguna especie de arte diabólico. Abrí la boca para llamar a mi madre pero me di cuenta de que aquel silencio hermético evitaba la propagación de cualquier sonido. Nadie me escucharía porque no había nadie.
La sombra continuó acercándose llenándolo todo de oscuridad y silencio. Ya no veía la ventana, ni la cama, ni a mi hermano.
Me había quedado sorda, ciega y muda. Cómo no sabía qué ocurría tampoco tenía miedo, solo sé que el mundo se detuvo en esa calurosa noche de verano.
Algo toco mi cabello, era una mano, mientras otra destapaba la sábana que me cubría el cuerpo medio desnudo. Entonces comprendí que el miedo llega tarde o temprano cuando en plena noche estalla una tormenta y te quedas a merced de la nada. Empecé a sentirlo cuando no había nadie a quien llamar porque ni siquiera yo era capaz de escucharme.
Las manos eran frías y metálicas. Empecé a temblar. Y cerré los ojos.
Pedía todos los deseos a mi hada madrina. Que no me hicieran daño, que viniesen mis padres, que volviera la luz, que no tronara, que volvieran las charlas, los cantos, desaparecer… Cuando noté los dedos largos y helados de la sombra, el olor a humedad y a metálico supe que ya no podía hacer nada. Supe que iba a desaparecer. Que en cuanto volviese la luz nadie se daría cuenta de que yo no estaba. Cerré los ojos y con todas mis fuerzas pedí un deseo a mi hada madrina.
El cazador había llegado.
martes, 1 de marzo de 2016
TATUAJE - FRAGMENTO
Volví al patio y me senté ante el lavadero cerca de las cajas de cartón. Por allí tenía algunos de mis juguetes, regalo de alguna vecina cuando se cansaba de ellos. Había una muñeca desnuda a la que le faltaba una pierna. También otra muñeca negrita con la cara quemada. Evoqué el día que mi padre la trajo cuando volvió de trabajar en un desierto muy lejano. La muñeca tenía la cara desfigurada porque se cayó dentro del brasero. Las cogí a las dos, rotas y especiales. Y tuve el instinto de acunarlas porque ellas estaban mucho peor que yo y sólo me tenían a mí. Y yo solo las tenía a ellas. Mientras las mecía me dio por cantar:
- “Él vino en un barco, de nombre extranjero, lo encontré en el puerto un atardecer..”
Canté y volví a cantar. De alguna manera me servía de consuelo. Y empecé a tener menos miedo. Las canciones alejan muchas cosas, casi todas.
Escuché un gemido flojito a mi espalda.
— Miau.
Y después otro.
— Miau.
Y hasta tres.
— Miau.
Tres gatitos pequeños se acercaron a mí y se acurrucaron entre mis piernas mirándome con cara desconsolada. Supe de seguida que tenían hambre. Y pensé en el desayuno tan estupendo que me aguardaba abajo, así que los agarré como pude y bajé con ellos las escaleras, con sus colas y patitas traseras arrastrando por el suelo.
Vacié la leche en el plato, encima de las galletas y se lo di. Comieron con avidez. No dejaron nada y cuando llenaron los pequeños estómagos sus ojos amarillos me dieron las gracias. Llegué a pensar que ellos también habían perdido a su madre.
Estábamos los cuatro, y mis dos muñecas rotas.
Aquella noche dormimos los seis en la misma cama limpia. Arropé a todos que apoyaban la cabeza sobre la almohada y les conté un cuento.
Escuché un gemido flojito a mi espalda.
— Miau.
Y después otro.
— Miau.
Y hasta tres.
— Miau.
Tres gatitos pequeños se acercaron a mí y se acurrucaron entre mis piernas mirándome con cara desconsolada. Supe de seguida que tenían hambre. Y pensé en el desayuno tan estupendo que me aguardaba abajo, así que los agarré como pude y bajé con ellos las escaleras, con sus colas y patitas traseras arrastrando por el suelo.
Vacié la leche en el plato, encima de las galletas y se lo di. Comieron con avidez. No dejaron nada y cuando llenaron los pequeños estómagos sus ojos amarillos me dieron las gracias. Llegué a pensar que ellos también habían perdido a su madre.
Estábamos los cuatro, y mis dos muñecas rotas.
Aquella noche dormimos los seis en la misma cama limpia. Arropé a todos que apoyaban la cabeza sobre la almohada y les conté un cuento.
lunes, 29 de febrero de 2016
Para Pili, siempre en nuestro corazón
Todos nos vamos muriendo día a día. Tengo la sensación de que cualquier persona tiene un tiempo trazado para vivir. Bueno, quiero decir el mismo tiempo en días, horas, segundos… Lo que ocurre que hay quien lo vive lentamente. Observa. Está, pero no actúa. Cree que ya ha aprendido lo que tenía que aprender y no se molesta en ir más allá. En realidad esas personas son muy felices. No se plantean, no cuestionan y aceptan todo lo que tenga que venir. Tienen una vida reposada y solucionada. Digamos que llegan a los 80 años y siguen con su parsimonia y su vida acomodada en un sillón sin moverse demasiado. Viven 80, 90 y hasta 100 años sin gastar una gota de vida.
Luego están los otros, los que saben que la vida se va rápido y sin avisar, que no pueden desperdiciar un solo segundo y aprovechan hasta el último rayo de sol. Deprisa, porque creen que su tiempo es limitado. Lo creen de verdad y puede ser que por eso se gaste más rápido. Esas personas no duermen, solo corren, sufren, lloran, ríen, bailan, cantan y sus 80 años de vida se paran a los 47 o a los 50. Los dos han vivido el mismo tiempo pero a diferente velocidad. Unos tienen que ver con la pasión los otros con el pragmatismo. O al revés, no estoy segura.
Es como si tuviésemos dos radios con pilas nuevas. Las dos funcionan bien; una está en marcha todo el día y toda la noche, la otra, sólo la accionamos cinco o seis horas, ¿cuál de las dos se agotará antes? Nuestro tiempo va en función de lo que usemos nuestras pilas.
martes, 16 de febrero de 2016
DIA INTERNACIONAL DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Hoy, 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Violencia de Género, cosa que quiere decir que alguna cosa no funciona si hay que celebrar un hecho así año tras año. Lo mejor sería que este día no existiera porque ya no morirían más personas en manos de su pareja, mujeres en la mayoría de los casos.
Hoy en día con tanta información todos sabemos el número de mujeres que mueren en el mundo, el número de mujeres que son violadas, el número de mujeres que sufren violencia física y psíquica, el número de mujeres que, se supone, que no dicen nada.
Y son eso, un número en un diario o en un telenoticias,
Y detrás de cada número hay miles de sufrimientos, incontables sufrimientos callados durante muchos años, demasiado para nuestras conciencias. Esto tendría que hacer pensar a los poderes fácticos que se llenan la boca cuando una mujer o una criatura mueren a manos de quien presuntamente la quiere.
Esto ocurre en el mundo, pero si nos centramos en nuestro país hay que decir que hasta hace poco tiempo las mujeres no tenían ningún derecho. En un artículo de Lucía Etxebarría se enumeraban detalles explícitos de lo que ocurría hasta bien entrada la década de los 70:
Y esta era la vida de muchas de las madres abuelas. Y conviene no olvidarlo.
¿ Qué he querido explicar en este libro?
En primer lugar, contar la realidad que percibía de pequeña en el lugar donde nací.
Nací en una ciudad andaluza en los años sesenta, en un barrio muy pobre donde todo era muy difícil. Las políticas franquistas de la época obligaban a las mujeres a pasarse la vida teniendo hijos, porque el dictador sólo quería futuros soldados para la patria. Y quería muchos.
Y tal y como he dicho, la mujeres entonces no eran nada. Era un tiempo de silencio, de aguantarlo todo sin decir nada, maltratos del marido e intentar criar a sus muchos hijos sin volverse loca. Mi madre fue una de esas mujeres y he querido hacerle un homenaje más que merecido desde mis ojos de niña pequeña.
A partir de aquí arranca esta historia, a veces cruel, porque la sociedad que nos rodeaba era cruel. Ahora está muy de moda hablar de la explotación infantil y parece que olvidamos que hace menos de cincuenta años que en este país los niños no iban a la escuela y muchos de ellos con ocho años tenían que ir a trabajar, donde yo vivía recogiendo aceituna si eran niños y limpiando para los ricos si eran niñas.
Y entre todo esto, ¿qué puede hacer una niña de apenas cinco años que ve y nota todo esto y además le hacen un daño irreparable en su propio cuerpo? Lo que hicieron, seguramente, muchísimas niñas y mujeres que pasaron por lo mismo: desaparecer, huir, de la única manera que se podía hacer, refugiándose en un mundo que les daba aquello que a su alrededor no recibían. AMOR.
En el libro hablo metafóricamente de niñas que desaparecían y a las que nadie echaba en falta. Eran niñas maltratadas y humilladas que sólo podían callar y huir y entrar en una forma de autismo creando su mundo particular con aquello que verdaderamente las hacía felices.
Y como siempre me han gustado los cuentos y la ficción, he querido envolver un hecho traumático en un cuento, no para frivolizarlo sino para intentar dar otra perspectiva y alentar a aquellas mujeres que han pasado por lo mismo porque se puede salir de esa situación y solo de una manera: PIDIENDO AYUDA.
Espero haberlo conseguido y que os guste lo que he escrito.
Hoy en día con tanta información todos sabemos el número de mujeres que mueren en el mundo, el número de mujeres que son violadas, el número de mujeres que sufren violencia física y psíquica, el número de mujeres que, se supone, que no dicen nada.
Y son eso, un número en un diario o en un telenoticias,
Y detrás de cada número hay miles de sufrimientos, incontables sufrimientos callados durante muchos años, demasiado para nuestras conciencias. Esto tendría que hacer pensar a los poderes fácticos que se llenan la boca cuando una mujer o una criatura mueren a manos de quien presuntamente la quiere.
Esto ocurre en el mundo, pero si nos centramos en nuestro país hay que decir que hasta hace poco tiempo las mujeres no tenían ningún derecho. En un artículo de Lucía Etxebarría se enumeraban detalles explícitos de lo que ocurría hasta bien entrada la década de los 70:
- En España, una mujer no podía trabajar sin el permiso del marido.
- Una mujer sólo podía tener una cuenta corriente siempre que su marido la autorizase.
- Una mujer que se separaba de su marido perdía la patria potestad de sus hijos, incluso si el motivo eran maltratos.
- Hasta 1963, el Código Penal Español contemplaba que el marido pudiera matar a su mujer si era adúltera, más tarde ya no era un derecho pero sí un atenuante en caso de asesinato.
- El padre podía dar en adopción a los hijos sin el consentimiento de la madre.
- Los maltratos no se podían denunciar, la mujer era tratada de loca por la misma policía, quienes la convidaban a volver a su casa con el maltratador.
Y esta era la vida de muchas de las madres abuelas. Y conviene no olvidarlo.
¿ Qué he querido explicar en este libro?
En primer lugar, contar la realidad que percibía de pequeña en el lugar donde nací.
Nací en una ciudad andaluza en los años sesenta, en un barrio muy pobre donde todo era muy difícil. Las políticas franquistas de la época obligaban a las mujeres a pasarse la vida teniendo hijos, porque el dictador sólo quería futuros soldados para la patria. Y quería muchos.
Y tal y como he dicho, la mujeres entonces no eran nada. Era un tiempo de silencio, de aguantarlo todo sin decir nada, maltratos del marido e intentar criar a sus muchos hijos sin volverse loca. Mi madre fue una de esas mujeres y he querido hacerle un homenaje más que merecido desde mis ojos de niña pequeña.
A partir de aquí arranca esta historia, a veces cruel, porque la sociedad que nos rodeaba era cruel. Ahora está muy de moda hablar de la explotación infantil y parece que olvidamos que hace menos de cincuenta años que en este país los niños no iban a la escuela y muchos de ellos con ocho años tenían que ir a trabajar, donde yo vivía recogiendo aceituna si eran niños y limpiando para los ricos si eran niñas.
Y entre todo esto, ¿qué puede hacer una niña de apenas cinco años que ve y nota todo esto y además le hacen un daño irreparable en su propio cuerpo? Lo que hicieron, seguramente, muchísimas niñas y mujeres que pasaron por lo mismo: desaparecer, huir, de la única manera que se podía hacer, refugiándose en un mundo que les daba aquello que a su alrededor no recibían. AMOR.
En el libro hablo metafóricamente de niñas que desaparecían y a las que nadie echaba en falta. Eran niñas maltratadas y humilladas que sólo podían callar y huir y entrar en una forma de autismo creando su mundo particular con aquello que verdaderamente las hacía felices.
Y como siempre me han gustado los cuentos y la ficción, he querido envolver un hecho traumático en un cuento, no para frivolizarlo sino para intentar dar otra perspectiva y alentar a aquellas mujeres que han pasado por lo mismo porque se puede salir de esa situación y solo de una manera: PIDIENDO AYUDA.
Espero haberlo conseguido y que os guste lo que he escrito.
Gracias al cariño de toda la gente que vino a la presentación
Ricard, personaje de la historia y gran amigo-confidente |
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